Reseña: Drunken Buddha “II” (Festiamas 2020)

Nuevo largo para la promesa asturiana Drunken Buddha. Formación que ha visto ahora renovada su base rítmica con la adición del ex Avalanch Fran Fidalgo (bajo) y el Black Beans Kay Fernández (batería). El line-up actual se completa con Mario Herrero (teclados), Diego Riesgo (guitarra) y Michael Arthur Long (voz). Por poner en situación a los profanos, la banda viene de vencer en la W:O:A Metal Battle Spain, conseguir un meritorio tercer puesto en la confrontación global de dicho evento y resultar ganadores del Festi AMAS en su edición de 2019. Como diría un clásico, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Grabado a caballo entre los Estudios Dynamita, con Dani G. a los mandos, y los  Magoo Studio de Oviedo, con producción de Juan Martinez. El arte vuelve a ser obra del tatuador e ilustrador gijonés Yori Moriarty.

March To Dementia” es la introducción de este “II” y su escasa duración apenas alcanza para hacerse una composición de lugar y darse de bruces con la furibunda, colérica y terriblemente directa “Sea Of Madness”, un primer corte con verdadera enjundia del trabajo donde pronto se establece el tono dominante del mismo al tiempo que se revela la cara más aguerrida de la formación astur. De resultas de ese gran caudal de energía desplegado, puede achacársele cierta simpleza en lo gramatical, como no podía ser de otra forma. En cualquier caso una de esas canciones que aluden más al corazón que a la cabeza y funcionan como un tiro. El sonido empasta sin mayores problemas todo el rango de líneas y expresa bien tanto nitidez como pegada, si bien es verdad que en ciertos momentos, los menos, distrae el objetivo aportando un protagonismo a la voz algo por encima de lo aconsejable. Nada catastrófico en cualquier caso. “Devil’s Breath” acorta en desarrollo, atempera la visceralidad previa y conforma un corte con vocación de opener apoyado en unas estupendas estrofas y en un riff de esos que has escuchado ciento y una veces pero del que no alcanzas a despegarte del todo. Hard rock sencillo y elemental, animado y brioso, bien cimentado y mejor interpretado. Disfrutona.

En el tronco central de este “II” habitan varios de los cortes más extensos del mismo. El primero de ellos resulta ser este “Purple Skin”, medio tiempo a mayor gloria de la remarcable línea vocal de Long, fiado en gran medida a las teclas de Mario Herrero y que alcanza su cenit en un estribillo que nuevamente alude a los clásicos y nos entrega todo el aroma de las cosas bien hechas. El solo de Riesgo no corre muchos ídem y todo carbura entre el bien y el notable. “Hang ‘Em High” arranca en balada, emulando tímidamente patrones flamencos, para virar de forma casi dramática a aquella visceralidad que ofreciera la primeriza “Sea Of Madness”, con la salvedad que esta trae un mayor juego por parte de Herrero al Hammond y su tono revela una épica más acusada, deudora de forma tímida de los Rainbow de Dio, o de parte de la carrera de éste en solitario, y que la convierten en uno de los temas más redondos de todo el trabajo. “Back Where I Belong” sí es una balada, o un medio tiempo más bien, con todas las de la ley. El arranque, a teclas y guitarra, resulta de una elegancia y preciosismo intachables, así como su escritura, que sin entregarse a florituras periféricas, antagónicas ni extravagantes, muestra un oficio y un conocimiento de todos los patrones propios del género digno de reseñar. Michael Arthur Long ejerce un mayor control sobre su voz y la precisión de la nueva base rítmica, de experiencia más que sobrada, revela todos sus galones. Tan rutinaria como disfrutable.

Throw Your Life Away” para entrar de pleno en el tercio final de “II”, slide mediante, aporta un deje sureño desconocido en sus compañeras de tracklist. Fidalgo gana terreno con las cuatro cuerdas y las métricas, adscritas en todo caso a preceptos inequívocamente añejos, despliegan en todo caso un corte sencillo, entretenido, directo y funcional. Asturias nunca sonó tan Lynyrd Skynyrd. “The King”, que vuelve a descender por debajo de los cuatro minutos, aprovecha lo reducido de su minutaje para regalarnos un estupendo riff de Diego Riesgo, una estructura de lo más juguetona y a un Kay Fernández desatado tras los parches. Corte, en definitiva, que sorprende a estas alturas de álbum y que debería funcionar como un tiro sobre el escenario (y frente a él). La final “Three Shots” cierra “II” ofreciendo la cara más amable, más lindante con el baladeo, más melancólica e incluso tierna de Drunken Buddha. Lo importante, más allá de su buen desarrollo, con ese crescendo casi sinfónico desplegado durante y después del puente, es lo bien que funciona como broche del álbum. Elegantísimo, casi de traje y corbata.

Drunken Buddha no están para experimentos con gaseosa. La entrada de la nueva base rítmica aporta una mayor solidez a su ideario, y mientras la escritura sigue (y seguirá) parapetada en escenarios y métricas de un clasicismo rayando en el homenaje, lo cierto es que los astures se las han vuelto a apañar para entregarnos una colección de canciones que exudan trabajo y buen hacer, que se digieren con brío y que habrán de plantar una enorme sonrisa en el rostro de sus acólitos. Auguro, sí, gozo y algarabía en los seguidores de los sonidos más añejos, así como la antipatía de todo aquél que no conjugue verbo alguno más atrás de 1989. Buena caza al resto.

Texto: David Naves

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